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Dar es Salaam

Prólogo (homenaje a Dar es Salaam)

Cuando la señorita Conchi preguntó por la capital de Tanzania me sobrevino una sonrisa de satisfacción. Sabía la respuesta, lo que pasa que no la tenía que dar yo. Le tocaba a Rafa, el número dos de la clase. Lo sabía fijo. Rafa titubeó y sus labios silbaron para pronunciar Dar es Salaam. Yo también lo sabía. Siempre me había gustado la palabra Tanganika, me recordaba a estar en canicas con las negras en el lago. Aquel en el que Stanley se empeñaba en encontrar a Livingstone por todo el África negra. I supose.

Zumba que zumbó polvo de cañón. Los esclavos de Zanzibar sirviendo al visir de turno también me ponían cachondo, sobre todo cuando leía las aventuras de Leila, la de
los pechos duritos que se clavaban en la túnica al salir de entre las olas índicas. Ahora bien, cuando me enamoré de verdad fue con La Estrella del Sur. Un tebeo que se desarrollaba junto a los diamantes de Kimberley, avestruces, haciendas con la quietud selvática al fondo y una rubia apamplada que me traía loco pensando que era mi mujer ideal. Años más tarde regresé de verdad a África del Sur para cubrir una visita real donde la reina se marcó unos pasos de baile, creo que por la triste Soweto. Mucho más marchosa era la de Johana Jimmy hop de Eddy Grant en plena transición de Botha, De Clerk y por fin Mandela.

Ahora bien, pensar en Antananarivo, capital de Madagascar, era otra cosa. Me la imaginaba musical y con una clase especial. Más mestiza. Es curioso como se imagina uno las regiones, las ciudades, los países del mundo con diez años de edad, y que reales y desilusionantes son cuando años después saltan al CNN Plus pegando tiros de Khalasnikov.

Yo de pequeño coleccionaba imágenes y palabras. Por diversas circunstancias me acompañaban no se sabe muy bien por qué. Una era Perleto, así se llamaba un escalador italiano del equipo (el Magniflex) de Marino Basso, sprinter. El nombre de Perleto me embaucaba, y hasta alguna vez creo que el mencionado ciclista ganó alguna etapa de montaña, por las Dolomitas no, por los Abruzzos.

Siempre me han gustado los nombres propios, representan lugares o personas concretas. La imagen le viene a uno con más personalidad, más nítida, más auténtica, que por ejemplo si pronunciamos mesa. Hay tantas mesas. Pero sólo un Giusseppe Perleto, y una Antananarivo, aunque la ciudad que tengas in mente no sea ni por asomo la real, la malgache.

Dar es Salaam es la representante de mis palabras favoritas. Fue de las primeras capitales de África que me aprendí, allá con ocho años. Por entonces situaba Tanzania perfectamente en el mapa político lleno de colorines, era marrón y Kenya entre rojo y rosáceo. Kenya como país no me llamaba la atención, la veía demasiado
comercial, demasiado fácil de caer bien.

Tanzania era más desconocida y su capital nunca salía ni en los documentales ni en las películas de John Ford y Ava Gardner. En cambio Nairobi, sus land rovers, el fiel criado bantú, si bwuana, los tambores masai y los mau mau salían mucho en las películas del sábado por la tarde, antes de merendar chocolate en onzas y dejar el suelo lleno de migas, los tambores resonaban en la sabana. Por eso Dar es Salaam era mi favorita.

Etiopía también estaba entre mis preferidas, era católica, y en mi pueblo había uno al que le llamaban el Negus, como a Haile Selasei. Además estaban sus fondistas por los que he sentido especial predilección. En mis tiempos de los mitos deportivos arrasaba Yifter, su negra y brillante calva era lo primero que veían los jueces de chaqueta granate que siempre estaban en las competiciones y ahora están en los meetings y juegos de oro. Sin embargo una vez en un documental de la Olimpiada de Roma vi como entre la noche de la ciudad abierta un menudo cartero del Negus cruzaba descalzo el Arco de Triunfo del Foro Itálico. Era Abebe Bikila. Lo adopté como mito mío, como lo era Fuente en el Stellvio o en el Paso di Gavia (años más tarde contemplé un domingo en casa de mi tía Nati como una tremenda y heladora nevada convirtió al Paso di Gavia también en un lugar favorito para mi, Johan Van der Velde –holandés, maillot ciciamino–, pasó primero por la cumbre, y abajo, en la meta perdió 45 minutos). Ese día los carruseles deportivos desgastaron el famoso calificativo de la Bajada a los Infiernos de Dante.
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