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Dar es Salaam

Más sobre palabras mitícas

Más sobre palabras mitícas Con Florencia me pasó al revés. Era una palabra que no me llenaba, también comercial. Se usaba mucho: los Medici, Savonarola, Miguel Angel, Leonardo (comerciales) pero cuando descubrí, una vez que estuve allí que se escribía Firenze, en seguida me agarró, y cuando subí a Fiesole, a su origen etrusco (menos comercial que el Renacimiento) la adopté como favorita.

Allí L'Unita el periódico comunista celebraba una fiesta recordé Noveccentto cuando no conocía todavía a Robert de Niro. África de todos modos era el continente que más se me resistía con las capitales, sobre todo las del cuerno. Luego me cambiaron de nombre a algún país y Alto Volta pasó a ser Burkina Faso, por cierto el país con el que va a debutar la polémica selección de navarra de fútbol, y aunque es bonito ya no forma parte de mi niñez sino de mi juventud.

Es como cuando, para tu desgracia, te empiezas a fijar en como están hechas las películas, los travelling que tienen, lo bien que interpretan los actores y lo buen secundario
que es el mayordomo de Arthur el soltero de oro, abandonas definitivamente la edad de la inocencia del celuloide. Antes sólo participabas de la historia y te creías un capitán intrépido o un desgraciado Oliver Twist.

Sudamérica por el contrario me ha resultado más fácil de comprender. Y fascinarme, lo que se dice fascinarme, la Patagonia. Brasil estaba siempre en el candelabro: Pelé, la samba, Río de Janeiro, demasiado famosos. Las imágenes ya entraban nítidas y reales en mi mente. En cambio la Patagonia tenía, y tiene, el halo de lo desconocido, lo pionero, la eterna amplitud, las navajas gauchas, las tabernas de Un lugar en el mundo, los ajustes de cuentas, Borges, Chatwin… y la soledad. A los Andes los cogí manía con Viven y su tragedia. Ahora eso sí, el libro me dejó patidifuso. Todavía me acuerdo de la postura en que estaba mientras lo devoraba, sentado en el sofá de mi casa, después de comer, antes de ir a clase, cuando Nando Parrado se comió la flor, después haber estado no se cuantos días dando cuenta de sus compañeros despiezados.

Los paisajes fríos, helados, con nieve (a lo Jack London) también están en mi colección de palabras y de mitos. Por ejemplo otro de los personajes de esa colección es César Cascabel, un saltimbanqui francés creado por Julio Verne que ante la imposibilidad de regresar desde Sacramento (ahí me enteré que era la capital de Californía y no Los Angeles ni San Francisco) vuelve a Francia con su carreta y su familia por los estados de Oregón, Washington, Columbia Británica (ya en Canadá), Alaska (todavía en poder ruso, luego se la venderían a los norteamericanos), estrecho de Bering (esperaron a que se helase para cruzar saltando de Aleutiana en Aleutiana), Siberia, y así hasta llegar a París.

Con Alaska me pasa lo de la Patagonia y el efecto Jack London: aventuras, perros fieles, colmillos blancos, oro, camaradería, hambre... Ese era mi paisaje exótico y no el del Pacífico Sur (también muy londoniano) con el hula hula, los collares, las nativas y los huracanes. Sin embargo sí me quedo en la Taberna del Irlandés y el puro de Lee Marvin. Pero sigo con Alaska, con su terrible río Yukón, las pepitas, Anchorage, y por qué no, con Gregory Peck cazando focas en el Dueño del Mundo y un gordo
esquimal lanzando todo el día onomatopeyas para darle gracia a la película. También entonces Alaska era rusa. Luego a los yuppis nos llegaría Doctor en Alaska con su sensual aviadora y contestaríamos en las encuestas que junto con los documentales de la 2 era el único programa de televisión que veíamos.
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