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Dar es Salaam

En breve retomaremos los artículos en este blog

Son varios los meses sin publicar en este blog. Prometemos que en breve escribiremos más. Para saber de qué va la bitacora navega por los enlaces de la izquierda.

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Trinidad de Cuba

La larga calle empedrada que parte desde la Plaza Mayor llevaba a sus habitantes directamente al mar, allá cuando fue fundada por el siglo XVI. Hoy queda el adoquín de la calle pero el mar se encuentra un poco más alejado. Son evocaciones de cuando los bajeles atracaban a por azúcar y tabaco y la tripulación se desperdigaba en busca de placer.
La villa de la Santísima Trinidad de Cuba es un lugar repleto de santeras y santería. Todas ellas vestidas de blanco prestas a sacarte algún espíritu maligno, o a degollar un gallo para regarte con sus esputos sanguíneos la camiseta retro de Barcelona 92. Las viejas en una esquina de la lúgubre habitación sestean impasibles mientras le dan una calada al aromático puro.

Allí te contarán que los orishas son hombres divinizados después de muertos según el experto Jaime Carbó “el orisha es una fuerza pura, inmaterial, que solo puede ser percibida por los humanos si se toma posesión de uno de ellos. El candidato a la posesión, elegido por el orisha, es uno de sus descendientes. Este es un parentesco espiritual en Cuba, mientras que entre los africanos era de sangre”.
Si se quiere sincretismo religioso aquí tenéis una buena dosis con los orishas más conocidos en Cuba:
Aggayu Solá. (San Cristóbal) Orisha de la tierra seca, del desierto. Patrón de los caminantes, de los automovilistas, de los aviadores y de los estibadores. Patrón de la ciudad de la Habana.
Babalu Ayé. Orisha de las enfermedades venéreas, de la lepra, de la viruela, y en general de las dolencias y afecciones que parece el género humano.
Changó. Orisha mayor: Dios del fuego, del rayo, del trueno, de la guerra, de los ILÚ BATÁ (tambores) del baile, la música, y la belleza viril. Patrón de los guerreros y de las tempestades.
Erinle. Arcángel Rafael. Médico de la Ocha. Dueño del río y de los peces; patrón de los médicos. Su día es el 24 de octubre.
Ikú. Es la muerte. Sale por las noches a decidir quién morirá. Se refugia en botellas vacías, por lo que no deben dejarse botella destapadas en la habitación donde hay un enfermo.
Ochosi. Ochosi es el mejor de todos los cazadores y sus flechas no fallan nunca. Sin embargo en una época la espesura del monte le impedía llegar hasta sus presas.
Ochún. Orisha del amor, del matrimonio y del oro, símbolo de lo femenino. Es la más bella y joven de los Orishas.
Oko. Orisha de las labores del campo, tiene poderes para provocar y detener la lluvia.
Olorun. Es el sol,
Yemayá. Es la Orisha madre de todos los orishas puesto que reina en el mar, donde nacen los caracoles que se usan en el diloggún. Es la más respetada del panteón yoruba. Es orgullosa y arrogante, especialmente cuando se enfada.

Trinidad, otrora feudo de piratas y corsarios, es hoy una bella estampa del pasado colonial. Sus edificios barrocos y neoclásicos así lo atestiguan. Recorrer sus calles es rememorar la época en que los conquistadores se asentaban a golpe de arcabuz por estos preciosos parajes. Construyeron iglesias y casonas con su adornado patio interior para dirigir todo el cotarro colonial. Luego llegarían los negros a las plantaciones para llenar el latifundio de sudor, vudú y explotación del hombre por el hombre.

A pocos kilómetros del casco urbano se encuentra las playas de Ancón y María Aguilar que son de arena fina y se sitúan frente a un hotel revolucionaros, de esos a los que lleva el regimen a los buenos trabajadores y defensores de la Revolución.
A esta parte de la isla le baña ese Caribe acogedor que convierte en un gozo supremo un baño a los ocho de la mañana, algo impensable en otros lugares del mundo.
Gastronómicamente hablando Trinidad es uno de los mejores sitios de Cuba para degustar productos del mar. Su langosta a la plancha es realmente exquisita. Al fondo se oirá un quinteto cantando guajiras al ritmo de los clavos melódicos de un mulato de la Sierra de Estambrey.

Cerca de Trinidad pasa el famos tren de Santa Clara, el lugar donde el Ché ganó la más celebre batalla de la Revolución y desde lo alto de su famosa torre Manaca-Iznaga se divisa el peculiar valle de los Ingenios. Un ingenio es un centro donde se centraliza y se recoge la zafra de la caña de azúcar, después se transforma en el elemento dulzón más famoso del mundo.

Trinidad, por tanto, es un mix entre el histórico adoquín, la negra animista, el puro de los veteranos revolucionarios, la iglesia colonial, el patio ornamental, la penumbra de una espaciosa habitación durante la siesta, el recuerdo corsario y la calamitosa y dependiente zafra.

Contrapuntos de La Habana

La mayor paradoja de la capital cubana es que el lujoso hotel Habana Libre esté en el barrio del Vedado. Vamos a ver o está libre o está vedado. Esta antonimia puede resumir lo que es la ciudad de La Habana.
En La Habana pueden convivir retazos restauradas de su casco histórico con cochambrosos desconchados unos metros más allá; los camiones balsa con los yates de lujo; la salsa oficial de Los Van Van con la de Miami de los Stefan; la botica más antigua de América con la investigación médica más puntera sobre la psoriasis, por ejemplo; los New York Yankees del pitcher duque Hernández con los Industriales de la Habana del bateador Doelsis Linares; la devoción por la Virgen de la Caridad del Cobre con el homenaje perpetuo al Ché; los cigarros puros Montecristos oficiales con los Don Julián del mercado negro; el ron añejo de los paladares con el daiquirí de la Bodeguita del Medio; el ex marido de Sara Montiel con Jorge Perugorría; la santería orisha con los raperos francocubanos Los Orishas; las espectaculares noches del Tropicana con la parsimonia diurna del pescador del Malecón; el Chevrolet del 59 con el Lada del 74; las jineteras con las misioneras del Pilar; el amor nocturno junto al batido de las olas atlánticas con el polvo récord del Capri; Bebo Valdés con Chucho Valdés; la fresa con el chocolate; el lujo que rememora la mafia Sinatra del hotel Nacional con la casa mancomunada de la Haban Vieja; la Escuela de Cinematografía con Oliver Stone; la desternillante película Guantanamera de Gutiérrez Alea con lel cine dogma en Suite Habana de Fernando Pérez; la prosa pre realismo mágico de Alejo Carpentier con la prosa commenwelth de Cabrera Infante; la lírica patria de José Martí con la lírica exiliada de Heberto Padilla; la épica libertadora de José Martí con la épica revolucionaria de Camilo Cienfuegos; la coqueta Plaza de Armas de la Habana Vieja con la desoladora explanada de la Plaza de la Revolución; la vieja trova con la nueva trova cubana; Silvio Rodriguez con el Guayabero; el Viejo y el Mar con el joven y el rap; el Castillo del Morro y su puntual cañonazo con la Calzada Ayestarán y los jonrones del Estadio de Bésibol; la sensualidad mulata con la sexualidad de uno de Monteagudo, por ejemplo; el eterno discurso de Fidel con el breve verso de Dulce María Loynaz; la impronta de la visita de Juan Pablo II con la movida de la calle Obispo, la del Floridita; la Casa de las Américas con los apartamentos soviéticos de la Habana Nueva; el Capitolio gubernamental con la tertulia de los fanáticos deportivos; el blanco que dirige el deporte desde la cúpula con el negro que gana las medallas olímpicas; el gramma.com con el el miamiherald.com; el cubalibre con el jugo de papaya; el demoledor bloqueo norteamericano con el maná de los dólares europeos; el racionamiento de las pastillas de jabón con las langostas del Meliá Cohiba; la chica que se casa para desarrollarse en occidente y el chicoviejo que se casa para adentrarse en la humedad del Oriente; los guardianes de la Revolución con la disidencia interna; la mata de coco con la vaina de la flamboyera; el puerco que engorda como puede con el quel que endulza la conversación en el patio familiar; el sutil timbre de una bici que soporta a cuatro viajeros entre la barra y la parrilla con el bocinazo de un camión que transporta a todo el que pilla haciendo la botella; la preciosa bahía oceánica con el pragmático Cerro Pelado; la visita del gran tenor Enrico Caruso con la asusencia de la soprano Barbara Hendricks; los niños que quieren saltar como Iván Pedroso con los viejos que se sientan a contar historias de cuando los chinos llegaron a la ciudad con sus lavanderías; el melancólico pianista Manuel Lecuona con el transgresor hip hop de Obsesión; el Yolanda de Pablo Milanés con el De buena fé de Manolín, el médico de la salsa; la generación perdida de Hemingway con la luminosidad de Lezama Lima; el vaporoso recuerdo de Marilyn Monroe con la veracidad de Mirtha Ibarra; la insustancialidad del hermano de Dinio con la palabra precisa de Nicolás Guillén; y a Castro, Fidel con Castro, Raúl.

Santiago de Cuba

Santiago de Cuba es la ciudad de las lomas a orillas de la playa de Siboney donde el calor agosteño hace imprescindible el baño. Junto al Cuartel Moncada los descargadores de hielo hacen un descanso para contemplar a las mulatas que van a fabricar los puros de la Revolución. Bajo la sombra del árbol del amor "primero nace una flor y luego echa la vaina" una vieja se refresca tomando un batido de guayaba.

El verdor de sus árboles y jardines te recuerda que estás en pleno caribe tropical. En una de sus plazas, en la de Marte, se reúnen a diario los fanáticos del deporte como Heriberto que hoy, como ayer, ni anteayer, ni el anterior, iría a trabajar a la fábrica textil, la falta de materia prima era la causa de que la empresa estuviera con bastante menos rendimiento del habitual.
Heriberto, una vez había visto boxear a Félix Savón en directo y pudo comprobar que su ídolo era un fuera de serie, destrozó en el cuadrilátero a su rival dominicano. Heriberto llevaba años siguiéndole por la prensa, radio y televisión y nunca le había defraudado. El resto de la Peña Marte era también fanático de Savón y de Mohamed Alí.

El Oriente de Cuba es famoso porque ahí se inició la Revolución. En la Sierra Maestra todavía hay muchos vestigios de cómo fue la lucha entre la guerrilla del Che y el ejercito de Baptista. El Saltón es un enclave con cataratas y quietud selvática que está en plena sierra. Allí se puede contemplar el café de altura, el cacao y multitud de frutas tropicales como el mango, la piña, la papaya, el guayabero, etc.

Por estos parajes te puedes encontrar a personajes como Leandro Silva, el único blanco de la Peña Marte, mira que es raro ver a blancos en una ciudad tan negra como Santiago, Silva toca el saxo en el “Septeto Guajiro” que solía actuar en la Casa de la Trova, su vida es el danzón, el son y la guaracha, su otra pasión es la pelota (beisbol). Al igual que el resto de sus amigos acude todos los partidos que en el estadio de béisbol disputa su equipo, sobre todo si tienen enfrente a Industriales de La Habana. Su ídolo era Antonio Pacheco, un negro de Palma Soriano varias veces campeón olímpico y del mundo que pegaba unos impresionantes batazos que mayormente acababa, según Leandro, en jonron.
El día que le conocí había regresado de madrugada después de tocar en el Cabaret bajo las Estrellas del Cruce de los Baños en la Sierra Maestra. Los campesinos son muy agradecidos con los músicos de la capital, lo malo eran los amplificadores de la DDR que en vez de aumentar el sonido lo embotaba y el Me voy para Macaney de Campoy Segundo no se distinguía más allá de la tapia que rodea los recintos.

Leandro tenía un amigo que se llamaba Richard que tocaba las maracas en el Trío Las Palmas junto al Añejo (92 años), y Luisito, el Jimmy Hendrix del Cruce. Richard también se dedicaba al campo y tenía plantado algo de café de sombra, el maíz este año no se había dado, sin embargo las abejas se habían portado llenando los paneles. Tutú, el gallo de pelea, se encontraba en plena forma y pronto lo enfrentaría en los carnavales de San Luis donde esperaba ganar algunos pesos con él.

Santiago es el lugar de la frase "más se perdió en Cuba" cuando la flota norteamericana nos dio para el pelo en la bahía antillana, allá frente al fuerte del Morro. En fin, que Santiago es un buen principio para abordar el caiman verde, y recorrer la isla a ritmo de Los Van Van y del Médico de la salsa.

Instantáneas de los sitios V

17
Meteorito oceánico de la Boca do Inferno,
brilla a la vez en el árbol de la ciencia
y en la vera de mi pensar, aventurero
que fui, salmón que remonta la presa.

18
Pointer patirrojo, ¡quieto!
muéstrame el ala que huye
hacia el cierzo.

19
El trolebús dorado
que parte la verdad en dos,
enhebra la perspectiva
de aquel soldado que se hiela
cuando en el sitio nieva.

20
Joroba rosa que rumias,
suéltate el rubí que ciega
y aplana el cañón nabateo
entre la pétrea arena incandescente.

Lago de Atitlán

A Panajachel se baja por una tortuosa carretera que desemboca en lago de Atitlán. En la calle principal se apiñan los mismos vendedores de artesanía guatemalteca que en las zonas turisticas del país centroamericano. Cinturones de colores que le dan a unos aspecto progre de Izquierda Unida, mochilas de telas muy cómodas para llevar los apuntes de Sociología en el campus universitario de Salamanca y la cajita con los muñequitos que si los metes debajo de tu almohada se cumplen los deseos.

Ya el novelista inglés Aldous Huxley cuando visitó Guatemala se refirió al Lago de Atitlán como "el lago más bello en el mundo" y esta frase es repetida con frecuencia por los viajeros occidentales que se adentran en él en las innumerables embarcaciones que lo surcan.
Al fondo del lago se erigen tres impresionantes y temidos volcanes: Tolimán, Atitlán y San Pedro. En los pueblos costeros del lago hace unos años tabletearon las ametralladoras en las continuas escaramuzas entre los militares y la guerrilla. Sus pueblos con una vestimenta peculiar y colorista para cada uno de ellos se agolpan en los muelles para recibir a los turistas, las mujeres en una especie de playa limpian cebollas que más tarde venderán en los mercados locales.

Los nombres de santos y santas no esconden su neobautizo por los misioneros llegados con los conquistadores españoles: Santa Catarina Palopo, San Antonio Palopo, San Lucas Toliman, Santiago Atitlán (es el más grande, su artesanía textil es muy apreciada, la figura de Maximón aglutina el sincretismo religioso de la zona), San Pedro la Laguna (bajo el volcán), San Juan la Laguna, Solola (capital de departamento), San Jorge la Laguna, San Andrés Semetabaj, San José Chacaya y Santa Lucía Ututlán. El Lago de Atitlán que es de origen volcánico tiene una profundidad máxima registrada de 324 metros pero probablemente es más profundo en algunas partes. Todo esto alimenta el magnetismos que ejercen sus aguas sobre propios y extraños.

Instántaneas de los sitios IV

13
Camello, lánzate a volar por la estepa
de algodón y de melón, minarete
que otea al este y mira a la dacha,
oso que fuiste al congreso de Alma Ata.

14
Ruta de presidiario galés
que comienza en la bahía,
y vuelve eterna del coral.
Koala olímpico al aire.

15
La aurora boreal suena en la cabina
roja, la arena se encamina, ¿quién?
langosta atrapada por Mark Knopfler
en el vértigo de una cuesta con pinta.

16
Malta, fermenta el fuego
con grado, detén el amor
que destila una cierva
en el alambique del tiempo,
en la noche.

Chichicastenango

Chichicastenango

La lana multiculor es la reina del mercado más famoso de Centroamérica. Chichicastenango reúne un par de días a la semana toda la actividad comercial de esa parte de Guatemala. Aquí cada pueblo tiene su particular vestimenta, una para las mujeres otra para los hombres, a cada cual más bonita y chillona.
Juntos pululan por el mercado, los que venden y los que compran, o todos venden y todos compran. Los frijoles se entremezclan con los calderos, los cinturones que usamos los yuppis con bananos enormes, la artesanía maya con calcetines blancos de deporte que luego te quedan pequeños.

Una pancarta cruzada en lo alto de la calle adoquinada llama a una monumental parranda a favor de un instituto de secundaria. Chichicastenango es el hipermercado de Guatemala que ofrece al turista tercer mundo en oferta: esa mezcla de resignación y ganas de vivir con lo poco que hay. Los turistas llevados por los touroperadores a pasar el día y el viajero de Lonley Planet disparan sus nikons en busca de esa imagen que gane algún concurso fotográfico local. Los encuadres se suceden uno tras otro, incluso en la mente se prevén montajes en Photoshop: una india sube de rodillas las escaleras de la iglesia en medio de una niebla que en realidad es humo, al fondo la cara de un anciano asemeja el espíritu de sus antepasados.

Los tremendos maizales de Miguel Angel Asturias rodean al pueblo y cimbrean con sus largas hojas las esquinas y los llamativos camiones llegados para el mercado. La verdad que el trópico hace crecer las plantas hasta límites insospechados, nunca en mi vida había visto maizales tan grandes, estos de Chichicastenango haría las delicias de Stephen King.

Huehuetenango

Huehuetenango

¿Ustedes son guatemaltecos? Preguntó un viejo guatemalteco creyendo que los viajeros eran gringos. El viejo era maya y usaba el calificativo de guatemalteco para todo aquello que en otros lugares de Guatemala se denomina ladinos (blancos). Él era guatemalteco y no se había enterado. Se erguía al final de la loma junto a tres cruces engalanadas con restos de verduras de la huerta de al lado.

Abajo una tremenda cúpula multicolor como la carpa de un circo denota la existencia de un lugar de culto católico que ha perdido la batalla frente a las chabolas evangélicas. La influencia de los predicadores al estilo de la Iglesia de Filadelfia de los gitanos, a la que Peret se retiró tras montar en el borriquito de la rumba muchos años, es mucha. Cualquier lugar es válido para predicar, no se espera, como los católicos, a la complicada construcción de un templo neocolonial, y desde allí se ensalza al individuo, a Dios y al Paraíso eterno. La Teología de la Liberación se despeña, los indígenas prefieren la ruleta eterna a los años que le asigna la esperanza de vida de la estadística de la FAO.

Una carnicería cuelga las vísceras y la casquería. Las parroquianos compran su ración de proteína que el día de fiesta excepcionalmente acompañarán con el maíz hervido. Al lado se venden cintas piratas y aguardiente que los hombres consumen mientras esperan al autobús. Uno de ellos se levanta el poncho y mea en una tapia bajo la leyenda "Prohibido horinar en este citio".

Más arriba en el ancestral lavadero las mujeres restriegan la ropa con los niños colgados en la espalda, sus murmuraciones se confunden con el murmullo del chorro del agua en caída libre, cuesta abajo, por las estrechas callejuelas de Huhuetenango, allá en la frontera guatemalteca con México.

La tarde gris oculta el revolver de un ranchero, ladino, que ha venido en un landrover y que mira despectivamente a todo el que le rodea. En Guatemala según las estadísticas la primera causa de mortandad es por PAF (Por Arma de Fuego), por tanto como diría Pablo Milanés "la vida no vale nada". Sin embargo en el quicio de una puerta una niña en cuclillas sostiene una flor y lanza una de las miradas más dulces que he visto en mi vida.

Khajuraho

Khajuraho representa la vida sexual de la India , no en vano estamos en el país del Kamasutra . El placer sexual (karma) para los hindúes es uno de los fines del ser humano.
En una inmensa explanada de Khajuraho se diseminan restos de templos en cuyas fachadas se representan todas las maneras de follarse a alguien, o las distintas posturas que hay para que le den por el culo a uno mientras se la menea a un mono.
Los templos son una especie de parque temático donde se explica la importancia que tiene el sexo para la sociedad hindú. Entre otros bajos relieve, se puede contemplar en el templo de Kandariyá a Shiva atendiendo a unas ninfas celestes en una orgía fascinante. Según afirma mi admirado Octavio Paz en Vislumbres de la India las divinidades hindúes poseen, como los griegos y romanos, un fuerte sexualidad. "Entre sus poderes está un inmenso poder genésico que los lleva a acoplarse con todo género de seres vivos y a producir sin cesar nuevos individuos y especies. La actividad del universo es vista como una inmensa cópula divina".

Sin embargo en la India es un lugar donde la abstinencia sexual tiene mucho predicamento ya que se entiende que "retener el semen (bidu), guardarlo y transformarlo en energía psíquica es apropiarse de poderes naturales y sobrenaturales, lo mismo sucede con el flujo sexual femenino (raja)". Así tenemos que para los seguidores del tantrismo el bidu es la luna y las rajas el sol.
Khajuraho está situado en pleno campo y la vida rural se hace patente sobre todo al atardecer cuando el sol calienta menos. Las charcas albergan a búfalos pasmados que no tiene ninguna intención de asomarse a ver que pasa más allá del arrozal.

Los chiquillos del pueblo, de la casta paria o intocable, agarran a los viajeros por la mano para mostrarle los talleres artesanales de los joyeros. Los ciclistas de los rickshaw pululan ofertando su medio de transporte. Aceptamos a uno que más parecía un fakir, sus espigadas piernas no pudieron con nosotros y se clavaron en el primer repecho. Aquí no hay EPOs ni nandrolona y sólo un puñado de arroz con té es la gasolina con la que todos los días tienen que ascender su Puy de Dôme particular.

En las selváticas afueras de Khajuraho acecha, según cuentan los chavales, el famoso tigre de Bengala (a mí me recuerda esto al Circo Ruso del corvado Ángel Cristo) que una vez puso pálidos a unos japoneses mientras autoenfocaban una bandada de loros verdes.
En honor al componente erótico del lugar una gran cascada fluye vapor y arco iris en medio de la selva, un señor relata las andanzas del Marajá cuando salía a cazar tigres en elefante por la meseta, y un músico enfundado en unos bombachos inmaculados desliza su arco sobre una especie de violín que tañe monótonamente sin cesar.

Instántaneas de los sitios III

9
Duquesa, el té de Ceylán,
abre la cortina de la noche
que encaje la vía del traqueteo
en mi pasado tardío con fieltro.

10
Ascendí a la cañada
y el azufre me abofeteó
como una coz de vinos
y dragos, donde la savia
pegajosa dejó ronca la sabina.

11
Envoltura negra con acebo,
de pálido mirar y manos que orientan
el napalm de música,
entre los rizos de un asiático sudeste.

12
Café de sombra vigilada
por el broker tirante,
que nunca serpenteó por los altos
de una esperanza que se tornó
aroma evangelista de un sólo sabor.

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El Taj Mahal

El Taj Mahal

Una vez en Feas, un pueblo bearnés en el sur de Francia, jugábamos a una especie de concurso televisivo. Se trataba de ir dando pistas, al principio vagas y después más concretas hasta averiguar lo que venía escrito en una carta. Por ejemplo, había que acertar Agatha Cristie y te decían:
1- Es una persona (te arriesgabas y decías un nombre), 2- es una mujer; 3- vivió en Inglaterra; y así hasta que un concursante acertaba el personaje. Pues bien me tocaba participar y me lanzaron la primera pregunta: "Es una cosa". Y yo dije "el Taj Mahal". Era el Taj Mahal. Hubo tal sorpresa y sobresalto que suspendimos el juego y decidimos echar un julepe donde existen menos casualidades.
Desde ese día tengo una relación especial con el Taj Mahal. Así que cuando años más tarde lo contemplé por primera vez no me defraudó. Una inmensa mole de mármol blanco se yergue de espaldas al río Yamena y recibe al incrédulo visitante mientras éste, al atardecer, atraviesa el jardín y se descalza para sentir en sus plantas el calor de unas losas que le transporta al origen de la historia.
El Taj Mahal es un monumento construido entero de un mármol blanco que cambia de color según le pegue los rayos de sol. Su simetría representa la perfección y la hondura de lo que pasó en él.
Reinaban hace muchos años los mogoles en esta parte de la India y Agra era su capital. Había un rey que quería tanto a su esposa, que cuando ésta murió mandó construir este mausoleo. El monumento tenía que quedar para la posteridad y debía expresar lo mucho que una persona puede querer a otra. Vaya si lo consiguió. El rey rechazó en un principio muchos proyectos y al final se decantó por un artista que era a su vez arquitecto, y que para hacerle sentir lo que él sufría mandó matar a su mujer (de esa manera se inspiraría mejor).
Así a orillas de otro río sagrado, el Yamuna, emergió el increíble Taj Mahal. Recorres en silencio y descalzo por el mármol todo el mausoleo, y te embarga una mezcla sentimental de melancolía y añoranza mientras contemplas con la mirada perdida la lenta corriente del río.
Quedé en silencio hasta que el pitido de los guardias, mandándonos salir de allí, me hizo volver a la realidad. Me fui, pero antes contemplé por última vez lo que era ya una silueta en la noche de la India, un niño me agarró de la mano con insistencia y me ofreció una cajita de mármol con piedras semipreciosas incrustadas. Me dijo que era mármol de Ajmer, en el Rajhastan, el mejor del mundo. ¿Para qué quería yo esa caja? La compré y la guardé con cariño en mi macuto.

Benarés

Benarés

La Varanasi hindú acoge cada día un delta de peregrinos (normalmente con túnicas naranjas) que llega en masa a su mar que es el Ganges . El olor de la ciudad es una mezcla de humedad del monzón, especias, flores en cremación, zotal, excrementos y menstruación de las vacas sagradas, fritangas callejeras, sudor de la península índica, carburante de baja calidad mal quemado.
El color se convierte en multicolor tamizado por el barro tropical diario: son los naranjas de los santones, el metal de las escudillas en el que se piden unas rupias y se lleva el agua para limpiarse posteriormente el culo tras la defecación, el rojo de una especie de chicle que se masca y que sale despedido a escupitajos llenando de escrúpulos el ya maltrecho suelo, las telas y sedas de las innumerables tiendas callejeras, los bellos y chillones saris de las esbeltas mujeres que pusieron de moda el piercing en Europa , Los Ángeles y Nueva York .
El sabor remite a un espléndido arroz y a un espeluznante picante que deja huérfanas a las alegrías riojanas; mi estómago occidental sólo pudo ingerir hidratos de carbono.
El tacto es aquel recuerdo del muñón de un leproso con una cara deforme y viscosa que me rodeó para pedirme algún dólar.
El calor en esa época es tropical, por tanto agobiante, sobre todo para los sobrados de kilos, los macroventiladores ayudan a que el viajero recupere un poco el resuello.
Sin embargo la verdadera sensación de Benarés llega cuando uno se embarca en las barcazas remadas por un par de chiquillos fibrosos que darían guerra en las regatas de La Concha , estos pobres chavales bogaban peligrosamente contra corriente, sin avanzar, chocando y sacando chispas de las farolas encendidas e inundadas. De repente te encuentras con una muchedumbre sumergida en el lodazal del Ganges purificando su alma y rompiendo una mala rueda de la reencarnación, alguno hasta se limpia los dientes con un palo mientras da gracias a una de las miles divinidades que pululan por la India . Río arriba en los ghats (escaleras que van a dar al agua) las cremaciones inundan el horizonte de humo y de un olor como cuando pasas por la fábrica de pollos de Berantevilla (Álava).
Los intocables manipulan los cadáveres, los colocan en la pira y les dan un golpe en la cabeza para que ésta no estalle cuando se queme y no esparza los sesos por los alrededores. Río abajo flotan extremidades de alguien que no tenía dinero para conformar una pira en condiciones y con suficiente leña para que la cremación sea completa.
Digerir todo esto cuesta toda una vida, pero eso es la India (entre otras cosas). Tampoco se puede olvidar a esos niños repeinados con aceite y apretujados en el isocarro camino de la escuela que muestran dulzura y curiosidad. En el otro lado de Benarés, en su extensa Universidad tiene lugar una boda llena de pétalos, cánticos, velas y familiares; bueno de esas que se describen en el espléndido Un Buen partido de Vikram Seth .

Instantáneas de los sitios

5
Gitanilla, toma un moreno
de la mano canastera
y empújale hasta la caseta
del palillo More partido.

6
Violín de hielo nórdico
que surca un fiordo
donde se pierde la sal
y se halla la almendra,
amarga.

7
Llama la niebla azul,
e irrumpe una tersa meseta
de retama, que barre
el regocijo de una mañana
llena de vicuñas luminosas.

8
El agua de la vida turba
la isla cereal en un bajel
que se disipó alegre,
por la rúa de La Valetta.

Cancún

La península caribeña descubierta por el presidente Luis Echevarría en los sesenta es un centro hotelero mundial, parecido a Benidorm, Varadero, Riccione, Puerto Plata o las Maldivas. Echevarría era presidente de México cuando la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en el 68, vísperas de las Olimpiadas de Fousbury, Beamon y el Black Power. El ínclito presidente necesitaba un centro turístico en el Caribe y eligió en Quintana Roo este brazo en el mar de arenas finas y blancas, salpicado de ruinas mayas como Tulum. En seguida se llenó de buenos hoteles manejados por vascos, incluso llegó a funcionar un Jai Alai donde los pesos se esfumaban a ritmo de las carambolas de los puntistas del triángulo Markina-Gernika-Durango. En Cancún las cálidas y turquesas aguas de los folletos acunan los orondos cuerpos canadienses y norteamericanos (los USA tienen la exclusiva del gentilicio, cómo vamos a denominar norteamericano a uno de Chihuahua) en el invierno y se llena de españolitos en agosto quejosos del calor, de la comida y del ahorita mismo.

Una de las cosas buenas de Cancún es su relativa cercanía de otras joyas de la península de Yucatán. Las vertiginosas pirámides de Chichen Itza, menudo acojone que da bajar por esas escaleras milenarias que parecen que en cualquier momento te van a catapultar al vacío rodando por el lomo de la serpiente maya, y el campo del Juego de la Pelota son recuerdos de un pasado circular, de sacrificios humanos, de cálculos matemáticos de luz y voces que uno no debe perderse una vez que ha tomado una margarita en el cinco estrellas de Cancún.

Mérida, la capital del estado yucateco (por cierto aquí se transformo la savia de un árbol en chicle y en la otra goma, la neumática) remite un pasado colonial lleno de extremeños y baztandeses cogiendo un día tras otro el mal de Moztezuma. En la actualidad lo único que te puede caer en esta histórica ciudad son las bombas, una especie de copla corta sobre multitud de aspectos de la vida. Vamos una especie de trovas con sabor chafardero-pimentonero y bertsos con aroma a farias y a regoldos de bacalao al pil-pil.

La vida turística en Cancún está prevista para que se convierta en hotelera. Los animadores de los Solymar de turno tienen preparados una serie de actos para que toda la noche te la pases entre risas y tequilas haciendo el canelo con juegos pisaglobos, concursos de bailes, bufetes de ginebra Oso Negro y la grandiosa ranchera El coyote. Nosotros después de pintar la mona también nos fuimos para la Sierra, que era la habitación que se volteaba más que las antiguas campanas de Leiva el Día de Gracias. Por la mañana siguiente mi boca era como la lía de la soka-tira en busca de los morroskos de Nuarbe y los riojanillos del burgalés Cerezo de Rió Tirón. "Me se volvió de repente pero yo le hallé la frente". Y ahora una para los de Fresno…

Instantáneas de los sitios

1
El tiempo detuvo la hoja
del hayedo otoñal,
el impulso cotidiano
la liberó del instante,
donde suspendida, crujió.

2
Sintió el agua resbalar por el canto,
vio el verdín brillar desde el lecho
cuando el sol oblicuo lo atravesó,
Sidharta se equivocó.

3
El polvo del camino la sinrazón guía,
presto cual kosovar herido.
¡Trapero, tópate con el tinanco
finito de tu sangre hervida!

4
La botella de ron,
son, mi guaracha,
el pirata tabacalero
que humedeció su austero
smoke del Maynflower.

Altos de Chiapas

Altos de Chiapas

Son los altos de la tragedia, del color, del sincretismo religioso, del olor al pinabeto y a la cera de miles de velas encendidas en las iglesias, que hacen de altar hechicero para todos los indios que se acercan hasta allí. San Juan de Chamula es el paradigma, que diría mi profesor Mingolarra, de lo que es Chiapas.

La aldea esta llena de indios de todos los pueblos de alrededor que vienen a celebrar el bautizo de sus inconscientes vástagos. El templo está repleto de santos, velas, huevos, cocacolas, chamanes, brujos, hechiceros, monaguillos y un cura. El Padre reparte certificados de cristiandad en la pila bautismal cada dos minutos, mientras el resto de la gente que ha colmado el templo implora a sus dioses. Los brujos sanan a los enfermos del cuerpo y de la mente con cocacolas y huevos. Los huevos recogen el mal que anida en el cuerpo y la cocacola provoca el eructo por donde escapa despavorido el mal espíritu. Todo bajo la atenta mirada de San Antonio, colocado en el lugar preferente en el retablo junto al Sagrario. A Jesús le destinan un lateral, es menos milagrero que el de Padua.

Los rezos se entremezclan con el humo y las finas hojas esparcidas de los pinos perennes, el monaguillo grita ¡el siguiente! Fuera el multiculor atuendo del Consejo de Ancianos requiere la atención de los turistas, que previamente han tenido que guardar sus cámaras en el autobús, se ha llegado el caso de matar a palos a un alemán por retratar estas almas del maíz. Sin embargo, paradojas de la vida, el momento más culminante del bautizo se sucede fuera de la iglesia. Allí el fotógrafo oficial, autóctono, congela la sonrisa sin futuro de los padres y el llanto despreocupado del hijo que intenta aferrar el endurecido pezón de su madre. El padrino apaga las velas y sirve el tequila que más tarde desgarrará las voces y el hígado de los pobres de espíritu y de plata a los que en DF al tapado de turno le importa un carajo.

Los ancianos del consejo escuchan las murmuraciones de los afectados por algún asunto ejidal, cómo si ellos pudieran repartir el veredicto con justeza sin contar con las autoridades económicas que desde hace 500 años defienden sus latifundios vacunos. "Quiero Tierra y Libertad" grita Emiliano Zapata en un popular corrido que luego el cansalmas de Ismael Serrano nos recordará en una ranchera de autor, suspirando por un mayo del 68 que para su desgracia no conoció y se tiene que conformar con festivales benéficos en favor de Ayuda en Acción.

Unas canastas de baloncesto rematan el paisaje de los Altos, otra paradoja, un deporte para altos en los Altos, jugado por bajos bajo un sarape que sustituye la camiseta Adidas, y una negra planta del pie en lugar de unas Nike. Just I do.

Más sobre palabras mitícas

Más sobre palabras mitícas

Con Florencia me pasó al revés. Era una palabra que no me llenaba, también comercial. Se usaba mucho: los Medici, Savonarola, Miguel Angel, Leonardo (comerciales) pero cuando descubrí, una vez que estuve allí que se escribía Firenze, en seguida me agarró, y cuando subí a Fiesole, a su origen etrusco (menos comercial que el Renacimiento) la adopté como favorita.

Allí L'Unita el periódico comunista celebraba una fiesta recordé Noveccentto cuando no conocía todavía a Robert de Niro. África de todos modos era el continente que más se me resistía con las capitales, sobre todo las del cuerno. Luego me cambiaron de nombre a algún país y Alto Volta pasó a ser Burkina Faso, por cierto el país con el que va a debutar la polémica selección de navarra de fútbol, y aunque es bonito ya no forma parte de mi niñez sino de mi juventud.

Es como cuando, para tu desgracia, te empiezas a fijar en como están hechas las películas, los travelling que tienen, lo bien que interpretan los actores y lo buen secundario
que es el mayordomo de Arthur el soltero de oro, abandonas definitivamente la edad de la inocencia del celuloide. Antes sólo participabas de la historia y te creías un capitán intrépido o un desgraciado Oliver Twist.

Sudamérica por el contrario me ha resultado más fácil de comprender. Y fascinarme, lo que se dice fascinarme, la Patagonia. Brasil estaba siempre en el candelabro: Pelé, la samba, Río de Janeiro, demasiado famosos. Las imágenes ya entraban nítidas y reales en mi mente. En cambio la Patagonia tenía, y tiene, el halo de lo desconocido, lo pionero, la eterna amplitud, las navajas gauchas, las tabernas de Un lugar en el mundo, los ajustes de cuentas, Borges, Chatwin… y la soledad. A los Andes los cogí manía con Viven y su tragedia. Ahora eso sí, el libro me dejó patidifuso. Todavía me acuerdo de la postura en que estaba mientras lo devoraba, sentado en el sofá de mi casa, después de comer, antes de ir a clase, cuando Nando Parrado se comió la flor, después haber estado no se cuantos días dando cuenta de sus compañeros despiezados.

Los paisajes fríos, helados, con nieve (a lo Jack London) también están en mi colección de palabras y de mitos. Por ejemplo otro de los personajes de esa colección es César Cascabel, un saltimbanqui francés creado por Julio Verne que ante la imposibilidad de regresar desde Sacramento (ahí me enteré que era la capital de Californía y no Los Angeles ni San Francisco) vuelve a Francia con su carreta y su familia por los estados de Oregón, Washington, Columbia Británica (ya en Canadá), Alaska (todavía en poder ruso, luego se la venderían a los norteamericanos), estrecho de Bering (esperaron a que se helase para cruzar saltando de Aleutiana en Aleutiana), Siberia, y así hasta llegar a París.

Con Alaska me pasa lo de la Patagonia y el efecto Jack London: aventuras, perros fieles, colmillos blancos, oro, camaradería, hambre... Ese era mi paisaje exótico y no el del Pacífico Sur (también muy londoniano) con el hula hula, los collares, las nativas y los huracanes. Sin embargo sí me quedo en la Taberna del Irlandés y el puro de Lee Marvin. Pero sigo con Alaska, con su terrible río Yukón, las pepitas, Anchorage, y por qué no, con Gregory Peck cazando focas en el Dueño del Mundo y un gordo
esquimal lanzando todo el día onomatopeyas para darle gracia a la película. También entonces Alaska era rusa. Luego a los yuppis nos llegaría Doctor en Alaska con su sensual aviadora y contestaríamos en las encuestas que junto con los documentales de la 2 era el único programa de televisión que veíamos.

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Los Alpes del Izoard

Los Alpes del Izoard

Los mapas físicos no me gustaban, no había lugares, solo accidentes geográficos: ríos, montes, cordilleras, lagos, etc. No me los imaginaba con gente. Yo de mayor quería ser cartógrafo pero sólo para dibujar mapas políticos, de países, estados, regiones y sus capitales. Con sus carreteras y sus ferrocarriles para saber cual era la ruta más rápida, o por los lugares que se pasaban para llegar por ejemplo a Vaduz (capital de Linchestein). En los exámenes preguntaban mucho por esa capital. Luego en toda tu vida oyes ese pequeño país alpino unas pocas veces: sellos, alguna ex novia del principito y el esquiador de turno en las olimpiadas blancas.

Yo me imaginaba por entonces que cruzaba Francia, y era una Francia de aldeas rurales como las de Asterix, con sus posadas, sus jabalíes y su vino. Ya llegando a la Provenza eran olores de lavanda los que se acercaban a mí y que en algún bote por casa había leído de su existencia.

En los Alpes el túnel de San Bernardo me impresionó tras leer en la enciclopedia que era el más grande del mundo, y una vez en Suiza era el paisaje heidiano el que me extasiaba. Heidi no era mi favorita, lo era su paisaje y la vida en la aldea. La tranquilidad, las cabras y el órgano del abuelo, el de la iglesia.

Los Alpes también están dentro de mi colección. Años más tarde los conocí con Marino Lejarreta y Perico Delgado, bueno ellos los soportaron y yo los contemplé desde la cuneta. Después de años de ir a Ondárroa (un pueblo vizcaino costero) para ver el Tour por la televisión francesa pude contemplar en directo lo jodido de subir esos puertos en pleno mes de julio. El Alpe d'Huez es comercial, no es mi favorito. Me quedo con el Izoard. A falta de unos ocho kilómetros para la cumbre no hay ya árboles, sólo roca y un paisaje pedrizo que se torna desolador. La Curva del Oso marca el calvario, un poco más adelante el puesto de la Cruz Roja está para darte una pomada porque el sol te ha abrasado los labios. Desde allí se desciende vertiginosamente hasta Briançon. La serpiente multicolor se convierte en una procesionaria roja y desorientada.

San Cristóbal de las Casas

San Cristóbal de las Casas

Hasta el uno de enero de 1994 San Cristóbal de las Casas era una perfecta desconocida ciudad colonial de un desconocido estado de Chiapas de un conocido, aunque sea por Cantinflas y Negrete, México. Ese día el subcomanante Marcos comenzó su revuelta cibernética y el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional tomó varios pueblos de las cañadas, proclamó por Internet su ¡Basta Ya! y se retiró al poblado de La Realidad en plena selva Lacandona.

El México insurgente regresaba, al igual de cómo lo hiciera con Zapata, Emiliano y no Marlon Brando, y mi paisano el durangués mexicano Pancho Villa con su División del Norte, los Dorados, carabinas 30 30, caballos prietos azabaches y toda la letanía que se canta en los corridos.

En San Cristóbal no hace calor, está muy alto, aunque más lo están los Altos de Chiapas, allá por San Juan de Chamulas, San Andrés de Larrainzar y Zinatecas. Uno puede dormir hasta con la colcha y no te digo nada si antes te has bebido hasta el gusano del mezcal. Las calles en San Cristóbal son como las rejas de sus ventanas, perfectas, bien trazadas e iguales. Resulta problemático la vuelta nocturna a casa por calles todas iguales con ventanas bajas, patios y suelo empedrado y con nombres de fechas, generales, revolucionarios e insurgentes, y más si antes has subido al estrado aupado por el añejo y te has arrancado con unas rancheras rasgadas a lo Chavela Vargas.

El aire en San Cristóbal es limpio y deja ver el azul de una mañana fresca y soleada. Los indiecitos ya se han anclado en los puestos del mercado tradicional y han colocado en vanguardia los polichinelas de Marcos y de su compañera Ramona.

Sus multicolores ropajes son un lujo para una mañana resacosa. El mercado de frutas y verduras está de bote en bote, las cintas piratas y regrabadas atronan con Garibaldi, Maná y Luis Miguel. Una extranjera que lleva muchos años conviviendo con los tzotziles compra unas libras de frijoles y algo de fruta. Parece Vanessa Redgrave haciendo un documental para el ala roja de la BBC.

Vuelvo al mercado de artesanía y una india me teje una pulsera en la muñeca, le doy unos pesos y me insiste con un pasamontañas del EZLN, demasiado pequeño para mi cabeza, le digo. Se ríe y se marcha.

De San Cristóbal destaca su amarillenta y viva catedral en pleno Zócalo o Plaza de Armas, en ella el obispo español Samuel Ruiz, para algunos, injustamente, un simple vocero zapatista, clama por la justicia y la libertad de los indígenas, que si alguien no lo remedia se pasaran otros quinientos años chupando mazorcas de maíz mientras Molotov se hace famoso con su ¡Viva México Cabrones!

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